¿Somos realmente quienes creemos ser o somos la historia que nuestro cerebro ha aprendido a contarnos? Durante toda nuestra vida construimos una idea de quiénes somos. Nos definimos por nuestro carácter, nuestras experiencias, nuestros éxitos y, por nuestros fracasos. Decimos «yo soy así» con una seguridad sorprendente, como si nuestra personalidad fuera una estructura terminada o una verdad definitiva que no admite modificaciones.
La neurociencia nos invita a cuestionar esa certeza, porque el cerebro no se limita a recordar quiénes somos sino a participar continuamente en la construcción de nuestra identidad. Cada recuerdo que recuperamos, cada emoción que interpretamos o cada experiencia a la que otorgamos significado, contribuyen a elaborar una narración interior. Una historia que repetimos tantas veces que terminamos confundiéndola con nuestra propia realidad.
Desde mi perspectiva ahí reside una de la granes paradojas de la condición humana: somos los narradores de nuestra existencia pero también sus protagonistas y, muchas veces, sus prisioneros.
Siempre imaginé la memoria como una biblioteca donde los recuerdos permanecían almacenados esperando ser recuperados. Hoy sabemos que recordar no equivale a reproducir una grabación exacta del pasado. La memoria es reconstructiva. Cuando evocamos una experiencia, nuestro cerebro vuelve a elaborarla a partir de fragmentos de información, emociones y conocimientos presentes.
El neurocientífico A. Damasio explica la gran relación entre emoción, cuerpo, conciencia y la construcción del yo, diciendo que el cerebro convierte experiencias en expectativas y, las expectativas terminan convirtiéndose en límites. Lo que comenzó siendo un acontecimiento termina transformándose en una creencia sobre nosotros mismos.
Nuestra mente posee la capacidad para modificar sus conexiones y adaptar determinados circuitos a partir del aprendizaje y de la experiencia. Esta capacidad cambia a lo largo de la vida, esto significa que podemos cambiar nuestras conductas y con ello nuestro futuro.
Cada vez que aprendemos algo, revisamos una creencia o desarrollamos una respuesta emocional diferente, estamos creando oportunidades para modificar patrones previamente adquiridos. Somos memoria pero también somos posibilidad.
La neurociencia contemporánea considera que el cerebro utiliza constantemente sus experiencias anteriores para anticipar lo que puede suceder. No esperamos pasivamente a que la realidad nos explique lo que está ocurriendo, sino que generamos predicciones mentales que contrastan y ajustan la información que recibe. Por eso dos personas pueden vivir una misma situación y experimentarla de maneras muy diferentes.
Donde una percibe una amenaza, otra encuentra una oportunidad o donde una interpreta rechazo, otra reconoce simplemente una discrepancia. No podemos elegir nuestras primeras reacciones emocionales, pero sí podemos aprender a examinarlas y en determinadas circunstancias vivirlas de otro modo para modificar la respuesta.
La madurez psicológica comienza cuando dejamos de creer que todo lo que pensamos es necesariamente verdad y entendemos que nuestra interpretación de la realidad no es siempre la realidad misma.
El psicólogo Daniel Kahneman distinguió entre el “yo que experimenta” y el “yo que recuerda” y decía que podemos revisar el significado que damos a nuestras experiencias sin borrar su verdad. Nuestra historia merece ser comprendida pero no repetida necesariamente.
La neurociencia nos recuerda que el cerebro continúa aprendiendo durante toda nuestra existencia. Y esta realidad biológica encierra una lección filosófica: no estamos obligados a permanecer emocionalmente donde nos dejaron nuestras experiencias más difíciles. Y quizá el verdadero milagro de nuestro cerebro sea su silenciosa y persistente capacidad para aprender a vivir de otra manera.
Crecer es liberarnos poco a poco de las interpretaciones que nos impiden descubrir quiénes podemos llegar a ser. Siempre digo que “somos páginas vividas, pero también infinitas historias por escribir». El pasado escribió en nosotros sus recuerdos, pero la vida aún nos ofrece páginas en blanco. Que nunca nos falten la esperanza para imaginarlas ni la valentía para escribirlas.