«Tenemos dos vidas y la segunda empieza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una». La frase atribuida a Confucio aunque su origen exacto es incierto, contiene una de esas verdades capaces de incomodarnos porque no hablan de la muerte, sino de la vida que estamos dejando pasar.
Siempre he creído que nuestra primera vida sea aquella que vivimos creyendo que tenemos tiempo. Tiempo para perdonar, para empezar, para viajar, para abandonar un miedo, volver a enamorarnos de algo o reconciliarnos con nosotros mismos. Vivimos como si el futuro fuera una reserva inagotable de días.
Y, sin embargo, llega un momento —no siempre provocado por una tragedia— en el que algo cambia dentro de nosotros. Y comprendemos algo que intelectualmente siempre habíamos sabido: el tiempo no es infinito. Y entonces comienza nuestra segunda vida, porque cambia nuestra conciencia.
La neurociencia puede ayudarnos a comprender por qué vivimos durante tantos años como si la vida fuera interminable. Nuestro cerebro está diseñado para automatizar. Sería imposible analizar conscientemente cada decisión o cada hábito.
Por eso construimos rutinas. Nos levantamos aproximadamente a la misma hora o transitamos por lugares conocidos. El cerebro ama lo predecible porque lo predecible consume menos energía.
El problema aparece cuando esa extraordinaria capacidad para automatizar la existencia termina automatizando también nuestra manera de vivir. Los días dejan de ser experiencias y comienzan a convertirse en repeticiones. Y entonces sucede algo inquietante: estamos muy ocupados para no sentir que estamos viviendo plenamente.
Daniel Kahneman distinguía entre el yo que experimenta y el yo que recuerda. No siempre coinciden. Podemos llenar nuestras jornadas de obligaciones y, al mirar atrás, descubrir que apenas recordamos algunos momentos. Porque nuestra memoria no registra la vida como una cámara sino que selecciona. Guarda aquello que tuvo emoción y es significativo para la persona.
Por eso los años de la infancia parecen tan largos y los de la madurez pasan con una velocidad desconcertante. Y el tiempo subjetivo parece acelerarse. Pero existe otra razón todavía más profunda: nuestro cerebro posee una extraordinaria capacidad para imaginar el futuro. La corteza prefrontal nos permite planificar, anticipar consecuencias y construir escenarios que todavía no existen.
Gracias a esa capacidad edificamos civilizaciones, empresas, universidades y proyectos. Pero esa misma facultad tiene una pequeña trampa y es que podemos vivir permanentemente proyectados hacia lo que vendrá. Cuando termine este proyecto, cuando tenga más dinero, cuando tenga más tiempo o cuando desaparezca este problema.
La felicidad se convierte entonces en una promesa aplazada. Viktor Frankl decía que el ser humano necesita encontrar un sentido capaz de orientarlo incluso en circunstancias adversas. Pero quizá exista una pregunta anterior al sentido: ¿cuánto de nuestra vida estamos habitando realmente?
Porque vivir no consiste únicamente en permanecer biológicamente vivos, significa estar presentes en nuestra propia existencia y ahí aparece uno de los grandes conflictos de nuestra época.
Nunca hemos tenido tantas posibilidades para llenar el tiempo y, paradójicamente, nunca hemos tenido tantas dificultades para sentirlo. Miramos el teléfono mientras comemos, mensajes mientras caminamos, pensamos en mañana mientras alguien nos habla hoy. Nuestra atención viaja continuamente fuera del instante que estamos viviendo. Y la neurociencia nos recuerda que donde está nuestra atención, está nuestra experiencia.
Podemos estar físicamente junto a alguien y mentalmente muy lejos, contemplar un paisaje mientras pensamos en una reunión, sentarnos a cenar con nuestra familia mientras respondemos correos electrónicos. El cuerpo está allí y la vida también. Pero nosotros quizá no.
Por eso la segunda vida comienza con una especie de despertar atencional, no con grandes decisiones, sino entendiendo que algunas cosas no volverán. Esa conversación con nuestros padres, ese paseo, ese abrazo o ese cuerpo todavía capaz de caminar sin dolor.
El filósofo Martin Heidegger hablaba del ser humano como un ser-para-la-muerte. No pretendía convertir la existencia en algo sombrío, todo lo contrario, tener conciencia de que nuestra finitud puede otorgar profundidad a la vida, porque la muerte no le quita sentido a la vida. Cuando comprendemos que tenemos un número limitado de mañanas, empezamos a mirar algunas mañanas de otra manera, porque lo cierto es que durante la primera vida solemos preguntarnos cuánto podemos conseguir pero en la segunda empezamos a preguntarnos qué merece realmente la pena.
Durante años acumulamos títulos, responsabilidades, bienes, reconocimientos y obligaciones, Pero llega un momento en el que comprendemos que ninguna biografía se mide únicamente por lo que acumuló, sino por lo que disfrutamos y lo que amamos. Y tal vez vivir consista precisamente en eso: en llegar algún día al final con la sensación de no haber contemplado nuestra propia vida desde la distancia. Porque tenemos una sola vida que no es otra que comprender que cada instante merece ser vivido de verdad.