ESTRELLA FLORES-CARRETERO
MADRID

Soy psicóloga, profesora, empresaria y escritora, aunque no necesariamente por ese orden. Tengo tres novelas publicadas: «Duele la noche», «Piel de agua» y «Días de sal».

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El blog de Estrella

Cuando dejamos de pensar porque “LA IA” piensa por nosotros

Por el 13/07/2026

Hay formas silenciosas de dejar de pensar. Empiezan cuando pedimos a la inteligencia artificial que lea, escriba o decida antes de que nuestra propia mente haya despertado. La respuesta llega veloz y ordenada y entonces creemos haber avanzado comprendido.

El cerebro cambia en función de lo que practica. Esta capacidad, conocida como neuroplasticidad, nos permite aprender durante toda la vida, pero también implica que las conexiones neuronales se fortalezcan o se debiliten según el uso que hacemos de ellas.

Si una persona deja de formular hipótesis, sostener la incertidumbre, buscar argumentos o construir una idea desde el principio, las habilidades que la estimulan se van volviendo menos accesibles hasta desconectar.

Pensar críticamente exige la participación de las funciones ejecutivas, relacionadas especialmente con la corteza prefrontal. Estas funciones permiten dirigir la atención, inhibir respuestas impulsivas, mantener información en la memoria de trabajo, comparar alternativas, anticipar consecuencias y revisar nuestras propias conclusiones.

Pensar críticamente no consiste únicamente en detectar errores. Significa formular preguntas, distinguir hechos de interpretaciones, soportar la duda, comparar posibilidades y aceptar que la respuesta más cómoda puede no ser la más verdadera. Significa también detenerse cuando todos corren, por ello, en un mundo empresarial obsesionado con la velocidad, pensar se está convirtiendo en una forma de resistencia.

La inteligencia artificial puede producir en segundos un informe impecable en su apariencia, pero la fluidez no garantiza la verdad. Nuestro cerebro tiende a confundir la facilidad con la certeza. Cuando una idea se presenta de forma clara y comprensible, nos parece más verdadera que otra que exige un esfuerzo.

Este fenómeno puede aumentar nuestra confianza en respuestas incorrectas, incompletas o sesgadas. Una conclusión bien escrita puede partir de una premisa falsa, omitir un dato decisivo o reproducir el sesgo escondido en la propia pregunta.

Cuando la persona recibe una respuesta antes de haber construido un criterio propio, esa primera información funciona como un ancla cognitiva. Condiciona las interpretaciones posteriores y dificulta imaginar alternativas diferentes. La persona ya no parte de una página en blanco, sino de una conclusión ajena que debe tener la lucidez y el valor de discutir.

El riesgo aumenta en las organizaciones donde se premia producir más, responder antes y no mostrar dudas. Porque las personas agotadas no verifican y aceptan. El directivo presionado no contrasta sino que decide, y el equipo que teme parecer lento deja de preguntar. De este modo, la inteligencia artificial puede reforzar una cultura empresarial donde la velocidad ocupa el lugar del juicio y la apariencia de seguridad desplaza a la reflexión.

El daño más profundo es perder poco a poco la confianza en nuestra capacidad para pensar sin asistencia. Cuando cada correo, análisis o decisión comienza en una máquina, la persona puede llegar a sentirse insegura ante el silencio de una pantalla vacía.

Sabrá corregir una respuesta, pero tendrá dificultades para originarla. Sabrá elegir entre varias opciones, pero le costará crear una alternativa nueva. Y terminará confundiendo reconocer una idea bien expresada con haberla comprendido.

Aquí aparece también un problema de metacognición: la capacidad de observar y evaluar nuestro propio pensamiento. Cuando el proceso intelectual queda oculto detrás de una respuesta automática, podemos perder conciencia sobre qué sabemos realmente, qué hemos comprendido y qué estamos aceptando por simple confianza.

Microsoft ha planteado la necesidad de diseñar la inteligencia artificial como una verdadera herramienta para el pensamiento porque el objetivo no es eliminar el esfuerzo mental sino dirigirlo hacia tareas de mayor valor.

Las empresas necesitan una nueva disciplina cognitiva. Antes de consultar a la IA, el profesional debería formular su propia hipótesis aunque sea provisional. Después tendría que identificar qué datos sostienen la respuesta, qué información puede estar omitiendo, qué sesgos contiene y qué argumento contrario sería posible.

Las decisiones relevantes deberían conservar siempre una autoría humana reconocible. Alguien debe poder explicar por qué eligió una opción, qué riesgos valoró y qué alternativas descartó.

No se trata de rechazar la tecnología ni de trabajar más lentamente. Se trata de impedir que la eficiencia nos vacíe por dentro. La mejor empresa del futuro, desde mi perspectiva, será la que enseñe a sus profesionales a pensar mejor con ella.

Porque el verdadero riesgo no es que las máquinas lleguen a razonar como nosotros. El verdadero riesgo es que nosotros, fascinados por su rapidez, dejemos de ejercitar aquello que nos vuelve profundamente humanos: preguntar, dudar, imaginar, comprender y decidir con conciencia.

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