Vivimos una época en la que el futuro se ha convertido en una amenaza, marcada por el miedo a la incertidumbre económica, la enfermedad, el envejecimiento y la pérdida de lo que tanto nos ha costado construir.
Y, casi sin darnos cuenta, comenzamos a vivir pendientes de lo que podría suceder, olvidándonos de lo que realmente está sucediendo. Hay algo paradójico en las personas y es que somos capaces de sufrir hoy por acontecimientos que quizá nunca lleguen a ocurrir.
Desde la neurociencia sabemos que el cerebro humano está diseñado también para anticipar escenarios, calcula riesgos y trata de prepararnos para posibles amenazas. Esta capacidad predictiva es fundamental para nuestra supervivencia. Nuestros antepasados necesitaban anticipar peligros para protegerse, pero esta medida adaptativa se convierte en un problema cuando el mecanismo de protección permanece activado en nosotros ante todas las incertidumbres que no se resuelven de inmediato.
Cuando percibimos peligro se activan los mecanismos fisiológicos de estrés que preparan al cuerpo para reaccionar. Pero nuestra mente puede responder emocionalmente tanto a determinadas amenazas reales como a las que imaginamos. Y entonces, el futuro todavía no ha llegado pero nuestro cuerpo puede estar viviendo ya sus consecuencias emocionales.
El neurocientífico Robert Sapolsky demostró cómo los seres humanos mantienen respuestas de estrés mediante pensamientos y anticipaciones incluso en ausencia de un peligro físico inmediato.
Cuando el estrés se vuelve persistente afecta a funciones relacionadas con la atención, la memoria de trabajo y la toma de decisiones en las que interviene especialmente la corteza prefrontal. Es como si nuestro horizonte mental comenzara a estrecharse. Dejamos de pensar en proyectos para concentrarnos en problemas, perdemos la capacidad para imaginar posibilidades porque dedicamos demasiada energía a anticipar las dificultades que posiblemente nunca suceda.
Y la incertidumbre financiera es uno de estos casos, llevando a confundir la prudencia con la inmovilidad. Dejamos de emprender por miedo a fracasar, de invertir por temor a perder y de disfrutar de lo conseguido porque necesitamos garantizar una seguridad absoluta que probablemente nunca exista.
Las personas deben planificar inteligentemente y anticipar dificultades es ser responsable, pero vivir permanentemente preparados para una desgracia, termina convirtiendo la vida en una espera interminable. Y me pregunto ¿de qué sirve proteger tanto nuestro futuro si para conseguirlo sacrificamos la serenidad del presente?
La psicología nos recuerda que nuestra mente puede construir escenarios catastróficos a partir de posibilidades que termina experimentando como certezas. La incertidumbre no es una condena sino una condición inevitable de estar vivos. Aprender a convivir con ella significa distinguir entre aquello sobre lo que podemos actuar y aquello que todavía pertenece al territorio de las posibilidades. Creo que una de las mayores expresiones de madurez emocional sea comprender que no necesitamos tener garantizado el mañana para permitirnos vivir plenamente el hoy.
Porque la vida nunca nos prometió certezas sino ofreció oportunidades y caminos que solamente descubrimos cuando nos atrevemos a recorrerlos. Y resulta profundamente triste imaginar cuántos momentos de felicidad hemos dejado pasar esperando que desaparecieran nuestras preocupaciones. Tal vez debamos aprender a mirar el futuro como un espacio abierto en el que todavía podemos construir.
Porque mientras el miedo nos obliga a vivir pendientes de lo que podría arrebatarnos el mañana, la esperanza nos recuerda todo lo que todavía puede regalarnos la vida. Y quizás la verdadera sabiduría consista en comprender que el futuro merece nuestra preparación pero no el sacrificio de nuestro presente. Así que me gusta decir que «el miedo a un mañana que aún no existe, no nos robe la belleza de un presente que, mientras lo tememos, se nos va escapando para siempre».