ESTRELLA FLORES-CARRETERO
MADRID

Soy psicóloga, profesora, empresaria y escritora, aunque no necesariamente por ese orden. Tengo tres novelas publicadas: «Duele la noche», «Piel de agua» y «Días de sal».

Duele la noche
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El blog de Estrella

Enseñar a humanizar la IA

Por el 29/09/2025

El futuro no se construye solo con máquinas, se construye con la manera en que decidimos usarlas. Como recordó Albert Einstein: “La preocupación por el hombre y su destino debe ser siempre el interés principal de todos los esfuerzos técnicos”.

Si la inteligencia artificial va a formar parte de nuestra vida —acompañando a personas mayores, apoyando en la salud, en el trabajo o en la educación—, entonces la escuela no puede permanecer ajena. El aula es el primer laboratorio donde los jóvenes aprenden no solo matemáticas o historia sino también valores, empatía y responsabilidad.

Educar en la tecnología con alma

Hablar de inteligencia artificial en las aulas no debe reducirse a explicar cómo funciona un algoritmo o qué es un robot social. Debe ir mucho más allá: enseñar a los estudiantes a preguntarse para qué y para quién se diseña esa tecnología. Que entiendan que detrás de cada aplicación puede haber una persona mayor que se siente menos sola, un enfermo que recibe cuidado, o un niño que aprende mejor gracias a un apoyo digital.

El filósofo Yuval Noah Harari advierte que la gran pregunta de nuestro tiempo no es qué pueden hacer las máquinas, sino qué queremos que hagan por nosotros. Educar en esa pregunta es, en sí mismo, un acto de humanidad.

La empatía como materia transversal

Si queremos que la IA sea un puente y no un muro necesitamos que los jóvenes crezcan con empatía digital. Eso significa comprender que la tecnología puede ayudar a acompañar, a cuidar y a aliviar, pero solo si se programa y se utiliza con sensibilidad humana.

Daniel Goleman, al hablar de inteligencia emocional recuerda que “la empatía es la habilidad de percibir lo que sienten los demás, incluso cuando ellos mismos no lo saben con claridad”. En la era de la IA, esta habilidad se convierte en la brújula que permitirá diseñar herramientas que no solo funcionen sino que acompañen y comprendan.

Así como enseñamos literatura para abrir la imaginación, debemos enseñar inteligencia artificial para abrir la conciencia.

Algunas escuelas de Finlandia ya han incluido módulos de IA ética, donde los alumnos diseñan proyectos con impacto social desde aplicaciones para reducir el desperdicio de alimentos hasta asistentes digitales para personas con movilidad reducida. El aprendizaje es doble, los jóvenes entienden la tecnología y al mismo tiempo, desarrollan la capacidad de usar el conocimiento para servir a los demás.

En Japón, iniciativas con robots sociales como Pepper han mostrado que los estudiantes pueden trabajar en programación orientada a la atención de personas mayores, entendiendo que cada línea de código puede ser un gesto de cuidado.

En Estados Unidos, algunos programas piloto utilizan plataformas de IA para que los adolescentes creen chatbots destinados a acompañar a niños hospitalizados. El resultado es un aprendizaje que une ciencia y compasión.

Formar a las nuevas generaciones en la comprensión crítica de la inteligencia artificial es educar con responsabilidad es también prevenir riesgos que no se convierta en una herramienta fría, que no sustituya el vínculo humano o que no se use con fines egoístas.

Así como en su día se habló de alfabetización digital, ahora necesitamos hablar de alfabetización emocional en la IA. No basta con saber encender una máquina, hay que saber usarla para crear cercanía, respeto y cuidado. Y esa semilla solo puede plantarse desde los primeros años de educación.

Marshall McLuhan decía que “toda tecnología es una extensión del ser humano”. Si aceptamos esta idea, entonces cada avance tecnológico debe estar acompañado de una pregunta pedagógica ¿qué parte de nuestra humanidad estamos extendiendo?

Enseñar a los jóvenes a ver en la inteligencia artificial una aliada para humanizar el mundo es quizás uno de los legados más valiosos que podemos dejarles. Porque si ellos aprenden hoy a diseñar y a convivir con estas herramientas con ética y sensibilidad, mañana no tendremos una tecnología que aísla, sino una tecnología que multiplica la vida y la compañía.

La escuela será un lugar donde se aprende a manejar números y palabras, pero también un espacio donde se aprende a hacer del futuro un lugar más humano.

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