La empatía como un gran valor humano de futuro

Estamos viviendo una de las mayores paradojas de nuestro tiempo. Nunca habíamos construido máquinas capaces de comprender tantas palabras, responder a tantas preguntas y resolver problemas tan complejos, y sin embargo, nunca habíamos necesitado tanto algo profundamente humano como sentirnos comprendidos.

La inteligencia artificial comienza a ocupar espacios que durante siglos consideramos exclusivos humanos, puede analizar síntomas, interpretar emociones a través del lenguaje e incluso encontrar las palabras adecuadas para consolarnos. Pero ¿puede una máquina comprender nuestro sufrimiento de la misma manera que lo comprende otro ser humano?

Existe una diferencia profunda entre reconocer una emoción y compartir la responsabilidad humana que nace al encontrarnos con ella, por eso, cuanto más inteligentes sean las máquinas, más valiosa podría convertirse la empatía profesional.

Durante décadas hemos entendido la excelencia profesional como una combinación de conocimientos, experiencia y capacidad para resolver problemas. Pero ¿qué ocurrirá cuando una máquina pueda superar a muchos profesionales en determinadas tareas intelectuales? Entonces descubriremos que la verdadera excelencia nunca consistió en saber qué hacer sino también en comprender a quién tenemos delante.

La información nos dice qué está ocurriendo, pero la empatía nos ayuda a comprender qué significa lo que ocurre para alguien y esa diferencia puede transformar una profesión.

Desde la neurociencia sabemos que la empatía no es una simple cualidad sentimental. Es una capacidad compleja en la que intervienen diferentes procesos cerebrales. El neurocientífico Jean Decety confirma que comprender emocionalmente a los demás implica mecanismos relacionados con la percepción afectiva, la adopción de perspectivas y la regulación de nuestras propias respuestas. Por ello basta con sentir lo que otro siente. Necesitamos comprenderlo sin quedar atrapados en su emoción.

Porque la verdadera empatía profesional no consiste en sufrir con el otro, sino en ser capaces de acercarnos a su sufrimiento sin perder la lucidez necesaria para ayudarlo.

Hay algo extraordinario en esta capacidad: nuestro cerebro no está diseñado únicamente para pensar de manera individual. También aprende, interpreta y se desarrolla en relación con otros cerebros. Las experiencias de aceptación, confianza o rechazo influyen en nuestra manera de sentir y comportarnos.

El psicólogo Carl Rogers comprendió la importancia de esta dimensión humana cuando situó la comprensión empática en el centro de las relaciones de ayuda. Escuchar verdaderamente a alguien supone intentar entrar en su mundo sin imponerle inmediatamente el nuestro. Y creo que esta idea puede adquirir una importancia inmensa en las profesiones del futuro.

Porque estamos construyendo un mundo profesional extraordinariamente eficiente, pero corremos el riesgo de hacerlo emocionalmente inhabitable.

Podremos tener hospitales con sistemas predictivos cada vez más precisos y pacientes que continúen necesitando una mano que los tranquilice. Colegios con plataformas capaces de adaptar el aprendizaje a cada niño y alumnos que sigan necesitando que alguien confíe en ellos. Empresas dirigidas mediante algoritmos sofisticados y trabajadores que continúen preguntándose si alguien conoce realmente sus dificultades, reconoce su esfuerzo o comprende sus circunstancias.

La tecnología puede ayudarnos a conocer mejor a las personas pero conocer más datos sobre alguien no significa necesariamente comprenderlo mejor.

Y aquí aparece otra paradoja. Cuanto más acostumbrados estemos a recibir respuestas instantáneas menos tolerancia desarrollemos hacia los tiempos que necesitan las relaciones humanas. Escuchar requiere detenerse, comprender exige paciencia y acompañar implica aceptar que no todos los problemas se resuelven con una instrucción correcta.

La empatía tiene algo que nuestra sociedad comienza a considerar incómodo: necesita tiempo. Por ello debemos preguntarnos si estamos sustituyendo lentamente la complejidad de relacionarnos por la comodidad de recibir respuestas.

Y esa es una de las grandes amenazas de las próximas décadas: no que las máquinas aprendan a parecer empáticas, sino que nosotros dejemos de esforzarnos por serlo.

Además, la empatía madura no elimina los límites sino que los humaniza.

Por eso creo que las profesiones del futuro necesitarán algo más que especialistas en inteligencia artificial. Necesitarán personas capaces de combinar conocimiento, pensamiento crítico, sensibilidad y responsabilidad. Porque la empatía no será valiosa simplemente porque las máquinas carezcan de ella de la misma manera que nosotros la vivimos. Será valiosa porque ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre la eficiencia. Estoy segura que el profesional más admirado del futuro será, quien sepa reconocer cuándo una persona necesita algo más que una respuesta.

Deja un comentario

Te informamos que los datos de carácter personal que proporciones en este formulario, serán tratados por el responsable de este sitio WEB. Estos datos son recolectados y tratados para la gestión de los comentarios que realices en este blog.

Legitimación: Si no introduces los datos personales que aparecen como obligatorios, no podrás realizar ningún comentario.  Tus datos serán almacenados en los servidores de Dinahosting S.L. en España.

Puedes ejercer tus derechos de acceso, rectificación, limitación y suprimir los datos en info@estrellaflorescarretero.com así como el derecho a presentar una reclamación ante una autoridad de control.