ESTRELLA FLORES-CARRETERO
MADRID

Soy psicóloga, profesora, empresaria y escritora, aunque no necesariamente por ese orden. Tengo tres novelas publicadas: «Duele la noche», «Piel de agua» y «Días de sal».

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El blog de Estrella

El estado de bienestar, ¿Hacia dónde va nuestra sociedad?

Por el 14/07/2025

Vivimos en un tiempo curioso. Hemos avanzado como nunca en derechos, tecnología, salud y bienestar pero a cambio, hemos empezado a debilitar el músculo más importante que sostiene cualquier sociedad, es decir el carácter.

En muchos países occidentales estamos construyendo una generación sobreprotegida, con una infancia extendida hasta los 30 años, donde aún se vive en casa de los padres, se pospone la responsabilidad y se exige más de lo que se ofrece. Jóvenes que por haber crecido entre algodones creen que merecen todo por el simple hecho de existir y que confunden la autoestima con el ego y la comodidad con el derecho.

Hemos cambiado el “tienes que ganártelo” por el “te lo mereces”. Y cuando la frustración aparece como comúnmente ocurre en la vida real, el sistema colapsa emocionalmente. Muchos no toleran el esfuerzo sostenido y solo se movilizan si la motivación es placentera e inmediata.

El compromiso, la constancia y el sentido del deber parecen pertenecer a otra época, sin darse cuenta de que son esos valores los que sostienen la excelencia, el trabajo en equipo, la creación de proyectos sólidos y la capacidad de reinventarse frente a los fracasos.

El psicólogo Jonathan Haidt nos advierte de que “sobreproteger a los niños no los hace más seguros sino más frágiles. Estamos criando a una generación que teme a la vida porque nunca se ha enfrentado a ella».

Mientras tanto, al otro lado del planeta, una juventud asiática, educada en la disciplina, la autonomía y el esfuerzo desde edades tempranas, se prepara para liderar la economía del siglo XXI. La cultura del esfuerzo está institucionalizada. Y no es casualidad que países como Singapur, Corea del Sur o Japón lideren los rankings de rendimiento educativo (PISA, 2022) y ocupen posiciones estratégicas en las nuevas industrias tecnológicas.

No se trata de ensalzar modelos autoritarios ni negar los avances sociales logrados en Occidente, pero sí de advertir que una sociedad sin exigencia ni responsabilidad es una sociedad fuertemente vulnerable. Porque cuando una cultura deja de transmitir el valor del esfuerzo, deja también de preparar a sus hijos para el mundo real. Y entonces ese confort que parecía un logro se convierte en una trampa. Decía Viktor Frankl “cuando a una persona no se le exige nada, lo que se consigue es una nulidad”.

La pregunta que debemos hacernos como sociedad no es cuánto más podemos protegerlos sino cómo podemos fortalecerlos. Necesitamos una educación emocional que no anule la frustración sino que enseñe a gestionarla. Necesitamos volver a hablar de deberes y no solo de derechos. Y sobre todo, devolverle el sentido al mérito como principio.

La historia ya ha hablado con voz firme cada vez que una civilización en nombre del bienestar se ha alejado del sacrificio, del deber y del esfuerzo.

Basta mirar el ocaso de la antigua Roma, un imperio que nació con ciudadanos guerreros, austeros y laboriosos, forjados en la responsabilidad de servir a la república y que terminó desplomándose bajo el peso de su propia comodidad.

Con el tiempo, Roma pasó de ser una potencia disciplinada y estratégica a una sociedad acomodada, entretenida con pan y circo, donde el trabajo era despreciado y la autosatisfacción se convirtió en meta. Fue entonces cuando llegaron los pueblos más rudos, más resilientes y acostumbrados a la escasez y la historia cambió de manos.

Lo mismo ocurrió con la aristocracia francesa previa a la Revolución, una élite ensimismada, cada vez más desconectada de la realidad, que delegó el esfuerzo en otros y creyó que sus privilegios eran eternos. No lo eran. El mundo cambió y ellos no supieron verlo venir.

Incluso en el siglo XX, el auge de las potencias asiáticas tras la Segunda Guerra Mundial es otra señal. Mientras Europa y Estados Unidos disfrutaban del esplendor del Estado del bienestar, países como Japón, Corea del Sur o más recientemente China, levantaron naciones desde la ruina con disciplina, estudio y sacrificio.

En pocas décadas pasaron de ser economías agrícolas a convertirse en líderes tecnológicos, industriales y educativos. No lo lograron por azar. Lo lograron con una ética del trabajo que hoy, en muchos logros occidentales, se ha vuelto incómoda de pronunciar. La historia enseña, pero no grita. Solo susurra. Y quien no escucha, está condenado a repetirla.

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