ESTRELLA FLORES-CARRETERO
MADRID

Soy psicóloga, profesora, empresaria y escritora, aunque no necesariamente por ese orden. Tengo tres novelas publicadas: «Duele la noche», «Piel de agua» y «Días de sal».

Duele la noche
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El blog de Estrella

El impulso de comprar para calmar el alma

Por el 15/06/2026

Hay épocas en las que el ser humano no compra lo que necesita, sino lo que le falta por dentro. Compra una cena, un perfume, un viaje, un móvil nuevo o un pequeño lujo que no estaba en el presupuesto. Y durante unos minutos siente algo parecido al alivio. No es felicidad profunda ni paz, sino un paréntesis breve en medio de una vida que a veces pesa demasiado.

A esto hoy se le llama “doom spending” (gastar como si el futuro ya no importara), gastar impulsivamente cuando el futuro se percibe incierto o directamente inalcanzable. Es una expresión nueva para una conducta antigua: intentar calmar la angustia con algo inmediato, como si el cerebro dijera: “no puedo controlar el mañana pero puedo comprar esto ahora”.

Desde la neuropsicología esta conducta tiene una explicación profundamente humana. Cuando vivimos bajo ansiedad económica, el cerebro entra en modo supervivencia, la incertidumbre activa los circuitos del miedo, especialmente aquellos relacionados con la amígdala, que interpreta la amenaza aunque no haya un peligro físico delante.

No nos persigue un animal salvaje pero nos persigue una hipoteca imposible, un alquiler desbordado, un salario que no alcanza y una cuenta bancaria que se vacía antes de terminar el mes. Y entonces aparece la compra como una pequeña dosis de control.

Comprar ofrece una recompensa rápida ya que activa el sistema dopaminérgico, ese circuito cerebral vinculado al deseo y a la gratificación. No siempre compramos por lo que el objeto es sino por lo que promete emocionalmente: una versión mejorada de nosotros mismos o una ilusión de orden en medio del caos.

No compramos solo unos zapatos, sino la fantasía de caminar más seguros. No compramos solo tecnología, sino la sensación de estar al día y de no quedarnos atrás. No compramos solo comida o viajes sino compramos la emoción que nos recuerde que aún somos capaces de disfrutar.

Y así, poco a poco, el consumo deja de ser una decisión económica y se convierte en un regulador emocional. El problema es que esa regulación dura poco. La dopamina sube a gran velocidad pero también baja rápida.

Después de la compra llega la culpa o una ansiedad aún mayor. El cerebro que buscaba alivio encuentra una gran deuda y la persona, que buscaba sentirse viva, acaba sintiéndose más atrapada. Porque el consumo emocional nace de la herida de sentir que el esfuerzo ya no garantiza recompensa. Y esto es muy profundo, porque detrás de muchas compras impulsivas hay ansiedad, soledad, comparación social, frustración, miedo al futuro y una gran necesidad de reconocimiento.

Las redes sociales han amplificado este fenómeno. Cada día vemos vidas aparentemente perfectas: viajes, restaurantes, ropa, casas luminosas y cuerpos cuidados impecables pero el cerebro no siempre distingue bien entre inspiración y presión. Mira, compara y concluye: “yo también debería tener eso”.

Y cuando una persona se siente vulnerable, la comparación se vuelve más peligrosa. Porque no compara solo objetos, compara vidas, su cansancio con la felicidad editada de otros y en ese contexto surgen también tendencias como los presupuestos visuales, los retos financieros de TikTok o los consejos rápidos para organizar el dinero.

Algunas de estas herramientas pueden ser útiles pero también hay riesgos porque no todo consejo financiero en redes es conocimiento. A veces es espectáculo, otras veces marketing disfrazado de educación, y a veces simplifica realidades económicas muy complejas. Porque aprender a ahorrar no sirve de mucho si no aprendemos a reconocer qué emoción nos empuja a gastar.

Gastar para aliviar la ansiedad es humano. Pero cuando el consumo gobierna la voluntad, cuando arrastra a la deuda, al engaño, a la ruina o al deterioro emocional, ya no hablamos solo de dinero, hablamos de salud mental. Porque el precio más alto no solo aparece en el extracto bancario, sino en la pérdida silenciosa de la libertad interior.

El consumo emocional no se vence solo con disciplina, se transforma con conciencia hacia uno mismo y recuperar el sentido. Vivimos en una sociedad que nos ha enseñado a consumir antes que a sentir o a llenar carritos antes que vacíos interiores, tal vez por eso tantas personas confunden alivio con felicidad.

Pero la felicidad no cabe en una bolsa, no se descarga en una aplicación y no llega siempre en una caja con envío urgente. La calma se construye con vínculos seguros, con proyectos posibles y con una relación más honesta con el dinero de menos comparación y más presencia.

O como digo siempre “con una vida sana en la que no tengamos que anestesiarnos constantemente para soportar lo que sentimos”. “Porque gastar para aliviar la ansiedad es humano pero vivir anestesiados permanentemente sale demasiado caro”.

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