ESTRELLA FLORES-CARRETERO
MADRID

Soy psicóloga, profesora, empresaria y escritora, aunque no necesariamente por ese orden. Tengo tres novelas publicadas: «Duele la noche», «Piel de agua» y «Días de sal».

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El blog de Estrella

Cuando el mundo cambió de idioma

Por el 09/06/2026

Hubo un tiempo en que el mundo parecía avanzar despacio. Las noticias llegaban con el periódico de la mañana o con la voz solemne de la televisión a una hora concreta. Las cartas tardaban días en cruzar una ciudad o un océano, los teléfonos estaban sujetos a una pared, las fotografías se guardaban en cajas y la memoria de una familia cabía en álbumes y relatos repetidos al calor de la confianza.

Los nacidos antes de los años setenta aprendimos a vivir en un mundo donde casi todo tenía espera. Esperábamos una respuesta, una llamada, una cita, una película, una canción en la radio o una carta. Y en esa espera se educó una parte esencial de nuestro carácter: la paciencia, la observación, la conversación, la capacidad de sostener el silencio y de pensar antes de contestar.

Pero, de pronto, el mundo cambió. No fue un cambio lento aunque nos lo pareciera al principio. Primero llegaron los ordenadores, después internet, más tarde los teléfonos móviles, las redes sociales, las aplicaciones, los trámites digitales, las contraseñas infinitas, los códigos que caducan, las pantallas que sustituyen ventanillas, bancos, mapas, agendas, cámaras, bibliotecas y hasta conversaciones. Y cuando aún estábamos intentando entender ese nuevo idioma, apareció la inteligencia artificial como una puerta inmensa hacia un futuro que ya no pedía permiso para entrar.

Y entonces nos dimos cuenta de algo profundamente humano: mientras el mundo se hacía más rápido nosotros nos habíamos hecho mayores. No mayores en el sentido triste de la palabra sino mayores en el sentido de haber vivido lo suficiente como para comparar un antes y un después.

De haber visto cómo una generación entera pasaba de consultar enciclopedias a preguntar a una máquina, de escribir a mano a dictar mensajes, de revelar fotografías a almacenar miles de imágenes que casi nunca volvemos a mirar.

Adaptarse no ha sido fácil. A veces ha sido incómodo o incluso humillante. Porque la tecnología tiene una forma extraña de hacernos sentir torpes en tareas pequeñas como descargar una aplicación, recuperar una clave, hacer una videollamada o entender una actualización. Cosas que parecen simples para quienes nacieron dentro de este mundo, pero que para muchos de nosotros han exigido esfuerzo, paciencia y una humildad silenciosa.

Sin embargo, esta generación tiene algo valiosísimo que el mundo necesita más que nunca, que no es otra cosa que memoria, criterio y cultura. Porque no todo lo nuevo es verdadero, ni todo lo rápido es profundo, ni todo lo que aparece en una pantalla merece ser creído.

Haber crecido antes de internet nos enseñó a buscar, a leer, a contrastar, a desconfiar sanamente de las verdades demasiado fáciles. Nos educamos en libros, en maestros, en periódicos, en conversaciones largas, en bibliotecas o en dudas. Y esa formación es una ventaja inmensa.

La inteligencia artificial puede responder con rapidez pero no siempre con sabiduría. Nos ofrece datos pero no siempre conocimiento. Las redes pueden multiplicar voces, pero no necesariamente son verdades.

Por eso, quienes venimos de otra época tenemos una responsabilidad grande de aportar profundidad a la velocidad o pensamiento crítico al exceso de información y sobre todo humanidad a la tecnología. Porque no somos una generación atrasada sino una generación puente.

Venimos de un mundo analógico y caminamos, con más o menos dificultad, por un mundo digital. Pero ate todo sabemos lo que significa mirar a los ojos sin una pantalla de por medio, lo que pesa una palabra dada, que el pensamiento requiere tiempo y que la verdad no siempre coincide con lo más repetido.

Nuestra gran fortaleza es haber llegado a la tecnología con una vida previa, con una cultura formada, con cicatrices, con lecturas y con memoria. Podemos usar las nuevas herramientas pero también podemos interrogarlas, beneficiarnos de la inteligencia artificial sin arrodillarnos ante ella, aprender de los jóvenes y enseñarles que no todo avance técnico es progreso humano.

Nos hicimos mayores justo cuando el mundo decidió cambiar de idioma. Pero seguimos aquí, aprendiendo sus nuevas palabras sin renunciar a nuestra voz. Y esa voz, hecha de experiencia, de cultura, de esfuerzo y de pensamiento propio, sigue siendo necesaria porque en un tiempo donde todo parece acelerarse, alguien debe recordar que la inteligencia no consiste solo en saber manejar una aplicación, sino en comprender la vida, y que el futuro no se construye con conciencia.

Siempre digo que “una sociedad verdaderamente avanzada no es la que corre más deprisa, sino la que no olvida de dónde viene mientras decide hacia dónde quiere ir

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