ESTRELLA FLORES-CARRETERO
MADRID

Soy psicóloga, profesora, empresaria y escritora, aunque no necesariamente por ese orden. Tengo tres novelas publicadas: «Duele la noche», «Piel de agua» y «Días de sal».

Duele la noche
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El blog de Estrella

¿Cómo la mentira engaña a nuestra mente?

Por el 01/06/2026

Durante siglos el ser humano buscó la verdad mirando al cielo, escuchando a los mayores, leyendo libros, observando los hechos o conversando en comunidad. La verdad tenía un ritmo más lento, se discutía y se transmitía con cautela. Hoy la verdad parece llegar en forma de notificación de mensaje, de vídeo breve o de titular urgente.

Y ahí comienza una de las grandes heridas de nuestro tiempo. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y tanta dificultad para distinguir lo qué es cierto.

Vivimos en una época donde las fake news, los deepfakes o la manipulación emocional en redes está polarizada y altera el pensamiento y esto tiene que ver con los vínculos que establecemos con los demás. La desinformación es un problema profundamente neuropsicológico porque entra por los sentidos, activa el miedo, captura la atención y condiciona la forma en que el cerebro interpreta la realidad.

Hannah Arendt, filósofo judío, advirtió ya en el siglo pasado que el resultado de sustituir de forma constante la verdad por la mentira hace que el hombre termine perdiendo el sentido con el que nos orientamos en el mundo real. Esa idea parece escrita para nuestra época, porque cuando todo puede ser falso, manipulado o sospechoso, el ser humano empieza a vivir sin suelo firme bajo los pies.

Nuestro cerebro no está diseñado para analizar con serenidad miles de datos contradictorios al día. Está diseñado para sobrevivir. Una noticia falsa bien construida entra por la emoción y no por la razón. Porque cuando una imagen nos asusta, un titular nos enfada o un vídeo parece revelar algo oculto, el cerebro reacciona antes de pensar.

La amígdala vinculada a la detección de amenaza se activa con rapidez, el cuerpo se prepara para defenderse, aumenta la vigilancia, se estrecha el foco atencional, la corteza prefrontal, encargada de analizar, inhibir impulsos y evaluar con mayor distancia, no encuentra la calma para actuar. Así que la mentira viaja más rápido cuando va vestida de emoción.

El problema no es solo que una noticia sea falsa. El problema es que cuando la vemos repetida muchas veces, el cerebro empieza a reconocerla como familiar y lo familiar a confundirse con lo verdadero. Daniel Kahneman explicó cómo la facilidad cognitiva nos hace sentir más familiar y creíble. Es decir lo creemos porque el cerebro ya lo ha visto demasiadas veces.

La desinformación se aprovecha también del sesgo de confirmación. Tendemos a aceptar con más facilidad aquello que confirma nuestras creencias y a rechazar aquello que las contradice. No lo hacemos siempre por mala fe sino porque el cerebro busca coherencia y la incertidumbre consume energía.

Y ahí nace la polarización. Cuando los algoritmos nos muestran una y otra vez contenidos parecidos a los que ya consumimos el mundo se estrecha. Dejamos de encontrarnos con el pensamiento distinto. Empezamos a vivir dentro de habitaciones ideológicas donde todo parece darnos la razón.

La discrepancia deja de ser una oportunidad para pensar y se convierte en una amenaza. El otro ya no es alguien con una opinión diferente: empieza a parecer un enemigo.

La neurociencia nos ayuda a comprender por qué esto es tan peligroso. El ser humano necesita pertenecer. Nuestro cerebro social busca grupo reconocimiento y protección. En contextos de incertidumbre nos agarramos más fuerte a las identidades colectivas.

Los deepfakes añaden una dimensión todavía más inquietante. Durante mucho tiempo confiamos en la imagen como prueba. “Lo he visto con mis propios ojos”, decíamos. Pero ahora los ojos también pueden ser engañados, la voz clonada, el rostro fabricado.  Esto no solo produce engaño, sino agotamiento de la verdad.

Llega un momento en que la persona no sabe qué creer, a quién escuchar, qué medio consultar o qué imagen aceptar. Y cuando todo parece manipulable se deja de creer en todo. Sin confianza, la vida social se fragmenta: perdemos diálogo, comunidad y convivencia. Cada persona se encierra en su propio miedo y una sociedad dividida se vuelve mucho más fácil de manipular.

El cerebro necesita mapas confiables. Necesita saber que algunas fuentes son seguras, que algunas personas son honestas porque cuando esa base se desmorona, aumenta la ansiedad colectiva. La mente vive en alerta, como si cada información pudiera ser una trampa.

La desconfianza permanente termina agotando el sistema nervioso. Necesitamos formar cerebros más críticos pero también más serenos. La verdad necesita tiempo, pausa y una atención que no esté secuestrada por la urgencia.

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