La dismorfia financiera
Hay personas que tienen poco dinero y viven preocupadas porque realmente no llegan a final de mes. Pero existe otra realidad más difícil de explicar: personas que han conseguido casa, inversiones e incluso un patrimonio considerable y, sin embargo, siguen sintiendo que en cualquier momento todo puede desaparecer.
La cuenta bancaria dice una cosa y el cerebro dice otra. A este fenómeno se le ha empezado a llamar “money dysmorphia o dismorfia financiera, es decir, una distancia entre nuestra situación económica real y la manera en que la percibimos. No es un diagnóstico clínico sino un término reciente para describir una percepción distorsionada de nuestra seguridad financiera.
Y quizá por eso sea una expresión tan interesante, porque nos recuerda que el dinero no solamente se cuenta, sino que también se siente.
Hace casi dos mil años, Séneca en sus Cartas a Lucilio escribió una frase que parece hecha para nuestro tiempo: «no es pobre quien tiene poco, sino quien desea más».
La neurociencia añadiría hoy algo más, no siempre deseamos más porque necesitemos más sino porque nuestro cerebro se acostumbra extraordinariamente rápido a aquello que consigue. Y lo excepcional se vuelve cotidiano. Y empezamos de nuevo. ¿Cómo podemos tener más y sentir que tenemos menos?
Nuestro cerebro nunca aprendió a interpretar la riqueza mediante una cifra absoluta, sino que la interpreta mediante comparaciones.
No preguntamos únicamente: «¿cuánto tengo?» sino «¿cuánto tienen los demás?».
Y aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo, nunca habíamos dispuesto de tanta información sobre la vida económica de otras personas. Cada día entran en nuestra pantalla casas que no tenemos, viajes que todavía no hemos realizado, coches recién comprados etc. y comparamos nuestra vida completa con el escaparate cuidadosamente seleccionado de la vida ajena.
Y nuestra mente olvida una cuestión elemental: no conocemos las deudas que hay detrás de aquella casa, la incertidumbre que acompaña a aquel trabajo ni la verdadera felicidad de quien aparece sonriendo junto a ese automóvil. Solo vemos el resultado. Y el cerebro compara.
La investigación sobre comparación social ha mostrado hasta qué punto nuestra percepción del bienestar económico depende de los marcos de referencia que utilizamos. No importa solamente cómo estamos. Importa cómo creemos que estamos respecto a los demás.
Daniel Kahneman describió un fenómeno psicológico particularmente interesante, la llamada ilusión de focalización, que resumió con una frase: «nada en la vida es tan importante como creemos mientras estamos pensando en ello». También ocurre con el dinero.
Cuando nuestra atención queda atrapada en aquello que todavía no tenemos, lo que sí tenemos empieza a perder valor psicológico. Podemos conseguir aquello que durante años deseamos y, apenas alcanzarlo, desplazar unos metros más adelante la línea de llegada. Primero queríamos seguridad, después comodidad, independencia, patrimonio y más patrimonio. Y un día descubrimos que el “suficiente” siempre se encuentra un poco más lejos.
El cerebro humano fue construido para detectar amenazas mucho antes de que existieran hipotecas, bolsas de valores o planes de pensiones. Su prioridad evolutiva nunca fue hacernos felices, sino mantenernos vivos. Por eso prestamos tanta atención a aquello que podemos perder.
Una ganancia produce satisfacción, pero una posible pérdida activa en nosotros una respuesta emocional mucho más intensa. Desde la economía conductual, Kahneman y Tversky demostraron precisamente que las pérdidas suelen pesarnos psicológicamente más que las ganancias equivalentes.
Y cuando el dinero representa seguridad, perderlo deja de percibirse únicamente como una disminución del patrimonio sino como una amenaza a la estabilidad, al control y al futuro. Es decir, el cerebro lo interpreta como la amenaza interior desde el que no podemos sentimos a salvo. Tal vez la verdadera riqueza comience cuando dejamos de contar lo que nos falta y permitamos que, por fin, la serenidad habite en todo lo que ya tenemos.


Teresa
Me viene a la mente aquel dicho que nos decían nuestros padres: “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita.”. Y esto enlaza con tu broche de oro: “ la serenidad habite en todo lo que ya tenemos.”
Filosofía poco extendida actualmente.