ESTRELLA FLORES-CARRETERO
MADRID

Soy psicóloga, profesora, empresaria y escritora, aunque no necesariamente por ese orden. Tengo tres novelas publicadas: «Duele la noche», «Piel de agua» y «Días de sal».

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El blog de Estrella

La frontera entre invertir y apostar

Por el 08/09/2026

Hay una frontera que hasta hace poco parecía bastante clara. A un lado estaba el inversor y en el otro el jugador. Uno estudiaba las empresas esperaba resultados y pensaba en años y, el otro, apostaba esperando unos segundos y confiaba en que la suerte estuviera de su parte.

Pero esa frontera hoy empieza a desdibujarse. Hoy podemos comprar una acción desde el mismo teléfono desde el que apostamos por el resultado de un partido. En ambos casos vemos gráficos, porcentajes, luces, notificaciones y números que cambian constantemente sucediendo todo deprisa.

Pero desde mi perspectiva el verdadero cambio no esté ocurriendo únicamente en los mercados sino dentro de nuestro cerebro.

La encuesta Retail Investor Survey 2026 de Betterment ofrece un dato inquietante: el 52 % de los inversores de la generación Z encuestados reconoció haber utilizado durante el último año dinero inicialmente destinado a invertir para realizar apuestas. Esto indica que para muchos jóvenes, apostar e invertir comienzan a ocupar espacios psicológicos demasiado parecidos.

Y la neurociencia puede ayudarnos a comprender por qué. Durante mucho tiempo hemos simplificado la dopamina llamándola “la molécula del placer”. Es bastante más complejo que esto. La dopamina participa de manera esencial en el aprendizaje, la motivación, la anticipación y en aquello que los neurocientíficos denominan error de predicción de recompensa: la diferencia entre lo que esperábamos recibir y lo que finalmente ocurre. Y existe algo que fascina especialmente a nuestro cerebro: la incertidumbre.

Los experimentos clásicos de Fiorillo, Tobler y Schultz demostraron que las neuronas dopaminérgicas responden de forma especialmente interesante cuando la recompensa es incierta. No saber exactamente cuándo llegará el premio puede mantener nuestra atención atrapada en la posibilidad de conseguirlo y por ello el cerebro no necesita ganar siempre, necesita creer que puede ganar en la siguiente.

La apuesta deportiva, la máquina tragaperras y determinadas formas de especulación comparten precisamente ese poderoso ingrediente: recompensa, incertidumbre y respuesta inmediata. Compramos, miramos la pantalla y el precio sube, son pequeñas recompensas. Baja, amenaza y volvemos a mirar. Y, casi sin darnos cuenta, aquello que comenzó como una decisión económica puede transformarse en una secuencia emocional.

Aquí aparece otra de las grandes trampas de nuestro cerebro: perder nos duele más de lo que una ganancia equivalente nos satisface. Kahneman y Tversky construyeron buena parte de su teoría de las perspectivas alrededor de esta asimetría de nuestra mente ante ganancias y pérdidas. Pero precisamente porque perder duele tanto, podemos hacer algo paradójico: asumir todavía más riesgo para dejar de sentirnos perdedores.

Es el llamado loss chasing: perseguir la pérdida. “He perdido cien. Si arriesgo otros cien quizá pueda recuperarlos”. Ese pensamiento aparentemente sencillo puede ser devastador. La literatura científica describe el loss chasing como la tendencia a continuar apostando, aumentar las cantidades o asumir mayores riesgos después de perder. Es además una característica central de los problemas relacionados con el juego. El peligro aparece cuando ese mismo mecanismo comienza a trasladarse a nuestra relación con los mercados.

Una inversión cae y, en lugar de preguntarnos si ha cambiado el valor fundamental de aquello que compramos, sentimos la necesidad emocional de recuperar cuanto antes lo perdido. Compramos más impulsivamente, multiplicamos operaciones y aumentamos el riesgo. Ya no estamos intentando ganar dinero sino borrar una emoción.

La verdadera diferencia entre invertir y apostar no está únicamente en el producto financiero que tenemos delante, sino en la relación psicológica que establecemos con él.  Invertir acepta el tiempo mientras que apostar necesita el desenlace. Invertir tolera el aburrimiento mientras que apostar busca emoción.  Invertir puede convivir con la incertidumbre pero el jugador necesita resolverla una y otra vez.

Quizá deberíamos empezar a hablar de educación financiera de otra manera. No bastará con enseñar interés compuesto, inflación, acciones o fondos de inversión, tendremos que enseñar también a reconocer qué sucede en nuestro cerebro cuando ganamos, cuando perdemos y, sobre todo, cuando sentimos aquella irresistible necesidad de volver a intentarlo.

Porque en la nueva economía digital habrá algo mucho más valioso que saber interpretar un gráfico: saber interpretar nuestras propias emociones.

El buen inversor no será necesariamente quien encuentre siempre la próxima oportunidad, sino quien consiga detenerse cuando todos corren. El mejor será el que sepa esperar cuando todo invita a actuar y aceptar una pérdida sin convertirla inmediatamente en otra apuesta. Porque la libertad financiera comienza mucho antes que en nuestra cuenta bancaria. Comienza en ese pequeño instante en el que nuestro cerebro pide otra jugada y nosotros seamos todavía capaces de decirle que no.

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2 Comentarios
  1. Responder

    Teresa Bernácer

    08/09/2026

    Muy interesante, y aún desconocido.
    Esa educación es urgente. Desde algunas instituciones tanto públicas como privadas se está haciendo un importante esfuerzo, pero aún queda mucho por hacer.
    Gracias Estrella.

    • Responder

      Estrella Flores-Carretero

      11/09/2026

      Muchas gracias por tu comentario, Teresa de verdad lo aprecio.

      Pienso exactamente igual, la educación financiera sigue siendo una asignatura pendiente, y aunque hay iniciativas que van en la buena dirección, el esfuerzo tiene que ser mucho más constante y llegar a más gente.

      Justamente por eso escribo sobre estos temas, así que me alegra saber que hay quien lo ve de la misma manera. ¡Un saludo!

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