ESTRELLA FLORES-CARRETERO
MADRID

Soy psicóloga, profesora, empresaria y escritora, aunque no necesariamente por ese orden. Tengo tres novelas publicadas: «Duele la noche», «Piel de agua» y «Días de sal».

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El blog de Estrella

Detenerse a pensar

Por el 25/08/2026

Antonio Machado escribió estos versos:«de diez cabezas, nueve embisten y una piensa. Nunca extrañéis que un bruto se descuerne luchando por la idea».

Más de un siglo después, aquellas palabras parecen haber encontrado una explicación inesperada en la neurociencia.

Porque Machado no hablaba de inteligencia sino de nuestra tendencia humana a reaccionar antes de pensar. Embestir es responder desde el impulso y pensar exige detenerse. Y nuestro cerebro por naturaleza prefiere lo primero.

Durante siglos hemos querido creer que somos seres racionales que, ocasionalmente, se dejan llevar por las emociones. La neurociencia y la psicología cognitiva nos han demostrado que ocurre justo lo contrario: somos profundamente emocionales e intuitivos y necesitamos realizar un gran esfuerzo para convertir nuestras respuestas en razonamientos conscientes.

Nuestro cerebro necesita automatismos. Sería imposible analizar conscientemente cada sonido que escuchamos, cada rostro que vemos, cada movimiento que realizamos o cada pequeña decisión cotidiana que tomamos.

Los mecanismos automáticos son extraordinariamente eficientes. El problema aparece cuando utilizamos esa misma velocidad para decidir sobre aquello que necesitaríamos reflexionar. Entonces no pensamos sino que reaccionamos.

Escuchamos una opinión y contestamos antes de comprenderla. Leemos un titular y creemos conocer la noticia. Vemos una publicación en una red social y sentimos indignación antes de comprobar si es cierta, compartimos y condenamos muchas veces desde una primera impresión que nuestro cerebro ha convertido demasiado deprisa en certeza. Y cuanto más convencidos estamos, menos necesidad sentimos de volver a pensar.

Aquí aparece otra característica fascinante de nuestra naturaleza. Nos gusta imaginar que nuestro cerebro está diseñado para encontrar la verdad. Pero, evolutivamente, también está diseñado para sobrevivir, anticipar amenazas, ahorrar energía y pertenecer al grupo.

Y pertenecer ha sido durante miles de años una cuestión de supervivencia. Por eso la opinión de los demás ejerce sobre nosotros una influencia mucho mayor de lo que solemos reconocer. Los estudios sobre neurociencia de la conformidad muestran que cuando nuestra opinión se separa de la del grupo pueden activarse mecanismos cerebrales relacionados con el conflicto, el aprendizaje y la valoración; esa discrepancia puede favorecer que posteriormente ajustemos nuestro juicio al de los demás.

Pensar diferente tiene un coste y estar de acuerdo nos tranquiliza. Cuando muchas personas creen algo, nuestro cerebro empieza a interpretar esa coincidencia como una señal de que probablemente sea cierto. Por eso las multitudes tienen una extraordinaria capacidad para multiplicar emociones pero no necesariamente razones.

El miedo, la indignación, la euforia y la certeza se contagian. Tal vez por eso Machado no escribió que nueve personas se equivocan. Escribió que nueve embisten, porque podemos incluso tener razón y haber llegado a ella sin haber pensado.

Antonio Damasio contribuyó a desmontar otra vieja creencia en la que decía que para decidir correctamente deberíamos apartar las emociones. Sus investigaciones mostraron que emoción y razón no son enemigas. Los estados emocionales participan de manera decisiva en nuestros procesos de elección y ayudan a orientar decisiones, especialmente cuando existen múltiples posibilidades.

No podemos pensar sin sentir, Pero tampoco deberíamos permitir que cada emoción se convierta inmediatamente en una conducta. Ahí reside una de las grandes conquistas del cerebro humano.

La corteza prefrontal y las redes asociadas al control cognitivo participan en capacidades como inhibir una respuesta, mantener objetivos, cambiar de estrategia, manejar información y controlar comportamientos automáticos.

Entre el estímulo y la acción existe la pausa. Si Machado viviera hoy probablemente observaría con fascinación nuestras redes sociales. Nunca habíamos dispuesto de tanta información y, paradójicamente, nunca había resultado tan sencillo reaccionar sin profundizar.

La arquitectura de muchas plataformas recompensa la reacción inmediata. Pero el pensamiento profundo necesita exactamente lo contrario: tiempo, atención, contraste, silencio y, sobre todo, tolerancia a la duda. Pensar significa aceptar durante algunos segundos la incómoda posibilidad de que podamos estar equivocados. Y eso no siempre resulta agradable para nuestro cerebro.

 Kahneman y Amos Tversky dedicaron buena parte de su investigación a demostrar hasta qué punto nuestros juicios están atravesados por atajos mentales y sesgos que se alejan del ideal de una racionalidad perfecta.

La inteligencia, por sí sola, no nos protege de ellos. Una persona muy inteligente puede utilizar toda su capacidad no para descubrir la verdad, sino para construir argumentos cada vez más sofisticados que justifiquen aquello que emocionalmente ya había decidido creer.

Pensar es aprender a detenerse. Pensar no consiste en vivir desconfiando de todo. Consiste en no entregar nuestra mente demasiado deprisa. El ser humano puede defender apasionadamente una idea que jamás se ha detenido a examinar. Y tal vez la gran tarea de nuestro tiempo no sea llenar nuestras cabezas de más información, sino que sea enseñarles a las personas, de nuevo, a pensar.

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