ESTRELLA FLORES-CARRETERO
MADRID

Soy psicóloga, profesora, empresaria y escritora, aunque no necesariamente por ese orden. Tengo tres novelas publicadas: «Duele la noche», «Piel de agua» y «Días de sal».

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El blog de Estrella

La respuesta vital que convertimos en veneno

Por el 19/05/2025

Vivimos en una época en la que el estrés se ha convertido en parte del paisaje cotidiano. No discrimina edades, profesiones ni condiciones. Está presente en la vida del ejecutivo sobrecargado, en el estudiante que teme fracasar, en el cuidador que no se permite una pausa y también en quien atraviesa un duelo o una ruptura afectiva.

Sin embargo, el estrés no es en esencia un enemigo. Es una respuesta adaptativa que nos preparó en el pasado evolutivamente para sobrevivir. El problema radica en su cronificación, en la falta de gestión emocional y sobre todo, en su impacto psicológico que llega a la salud del alma y del cuerpo.

Desde el punto de vista de la psicología, el estrés no se entiende solo como una reacción física ante un peligro, sino como el resultado de una percepción. La creencia de que nuestras capacidades no son suficientes para hacer frente a las demandas del entorno. Es un conflicto entre la exigencia y el recurso, entre la expectativa y la posibilidad. Y en ese desequilibrio se activa un sistema que, aunque útil en lo inmediato, se vuelve destructor si se prolonga.

Hans Selye, pionero en el estudio del estrés, lo definió como “la respuesta inespecífica del organismo ante cualquier demanda”. Con el tiempo, las investigaciones en psicología han afinado el concepto distinguiendo entre el estrés agudo, que puede incluso ser motivador y el estrés crónico que agota nuestros sistemas de afrontamiento y abre la puerta a trastornos como la ansiedad, la depresión o el síndrome del desgaste profesional.

Uno de los aspectos más inquietantes del estrés psicológico es que actúa en silencio. Se manifiesta en una tristeza inexplicable, en la irritabilidad, en el insomnio y en el desgano por las cosas que antes se amaban.

Puede provocar una sensación de amenaza constante o una desconexión emocional que vuelve apático todo lo que nos rodea. La mente, cuando está estresada de forma crónica, pierde flexibilidad volviéndose rígida, negativa y obsesiva.

Las investigaciones neuropsicológicas indican que el estrés prolongado altera estructuras clave del cerebro como el hipocampo, (responsable de la memoria y el aprendizaje) y la amígdala (vinculada a las emociones y al miedo).

A nivel psicológico, esto se traduce en dificultades para concentrarse, recordar información o gestionar reacciones emocionales, cuestiones que afectan al deterioro de la calidad del pensamiento, el debilitamiento de la autoestima y la ruptura de vínculos.

En sus investigaciones Martin Reuter indica que “no es la carga de trabajo lo que nos desgasta, sino la ausencia de sentido, de reconocimiento y de justicia”. Las organizaciones que priorizan la productividad sobre el bienestar generan entornos tóxicos donde se premia el sacrificio silencioso y se castiga la vulnerabilidad.

Desde la psicología laboral, se ha demostrado que los líderes que no ejercen una escucha empática ni fomentan la autonomía contribuyen al estrés crónico de sus equipos. Así, el estrés deja de ser un asunto personal y se convierte en un fenómeno sistémico que afecta a toda la cultura organizacional.

La clave está en la manera en que significamos los hechos. Como decía Viktor Frankl, psiquiatra y superviviente del Holocausto, “cuando no podemos cambiar la situación, estamos desafiados a cambiarnos a nosotros mismos”.

El cuerpo habla. Según A. Bauer-Delto, las enfermedades se agravan ante tensiones emocionales, mostrando que el cuerpo no miente: reacciona cuando la mente no puede más. No se trata de pensar que todo es psicosomático, sino de entender que lo psicológico y lo biológico no se contradicen sino que se entrelazan para ajustarse.

Las empresas emocionalmente inteligentes promueven un entorno en el que se respeta el tiempo, se fomenta el equilibrio y se reconozca que el bienestar de una persona no es una amenaza para los objetivos sino su mejor garantía.

La gestión emocional debe ser parte de la formación de los líderes, quienes tienen en sus manos la posibilidad de crear espacios donde se hable del estrés sin vergüenza, donde pedir ayuda no sea sinónimo de debilidad y donde se entienda que una persona feliz trabaja mejor, se relaciona mejor y permanece más tiempo en la organización.

Porque si bien el estrés es una señal de alerta la indiferencia ante él es una negligencia silenciosa. Y ningún negocio puede sostenerse sobre el agotamiento emocional de su gente. Comprender el estrés desde lo psicológico nos obliga a una mirada más ética y compasiva hacia nosotros mismos y hacia los demás.

No basta con decir “relájate” a quien está roto por dentro. Hace falta escuchar, acompañar, validar emociones, ofrecer herramientas. Porque el estrés no es debilidad sino una llamada a atender nuestras necesidades más profundas.

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