ESTRELLA FLORES-CARRETERO
MADRID

Soy psicóloga, profesora, empresaria y escritora, aunque no necesariamente por ese orden. Tengo tres novelas publicadas: «Duele la noche», «Piel de agua» y «Días de sal».

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El blog de Estrella

Cuando el cerebro se estrecha y la ética se queda sin voz

Por el 12/01/2026

Hay momentos en la historia —y en la vida íntima de las personas— en los que el pensamiento se vuelve estrecho, rígido y casi binario. Momentos en los que el nosotros se convierte en trinchera y el ellos en amenaza. A eso lo llamamos radicalización. Pero, más allá del concepto político o ideológico, la radicalización es ante todo un fenómeno profundamente humano, cerebral y ético.

Desde la neurociencia sabemos que el cerebro no está diseñado para el odio pero sí para la supervivencia. Cuando percibimos peligro —real o inducido— se activa el sistema más primitivo: la amígdala toma el mando, el miedo se adelanta al pensamiento y el cuerpo se prepara para defenderse. En ese estado el matiz o el análisis desaparece. Pensar cansa, sentir miedo une y el cerebro, buscando seguridad, simplifica el mundo.

Daniel Kahneman (psicólogo y Premio Nobel de Economía) decía que “el cerebro construye certeza con información incompleta, como si lo poco que ve fuera todo lo que existe”. Cuando una sociedad vive instalada en “lo que ves es todo lo que hay” y el entorno o la propaganda estrechan el campo visual, se vuelve fácil confundir el relato con la realidad y, es ahí donde la radicalización florece no porque la gente sea malvada sino porque está cognitivamente empujada a simplificar.

Las guerras no comienzan con bombas sino con narrativas. Con relatos que deshumanizan al otro, que convierten al adversario en una idea, en una cifra o en un enemigo abstracto. Desde la neuropsicología social sabemos que cuanto más lejos colocamos al otro —emocional, cultural o moralmente— menos se activan los circuitos de la empatía y, el dolor ajeno deja de doler cuando deja de parecerse al nuestro.

Philip Zimbardo (psicólogo social del siglo XX) decía que no hay guerra sin un entrenamiento previo del lenguaje, sin un adiestramiento de la mirada y sin una pedagogía de la distancia emocional.  Nos dice que, lo que se presenta como destino, religión, honor o necesidad histórica es en el fondo política convertida en violencia y cuanto más absoluto es el relato, más fácil es pedirle a la gente que renuncie a su compasión.

Aquí la ética queda en silencio, no porque desaparezca sino porque se anestesia. Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal como ausencia de pensamiento crítico. El cerebro cuando se habitúa a obedecer consignas, cuando delega la responsabilidad moral en una causa, en una bandera o en un líder, deja de preguntarse si está bien y solo se pregunta si es eficaz.

Por eso la guerra se justifica, se racionaliza, se convierte en deber. Desde la ética humana hay una pregunta que siempre permanece, incómoda y necesaria: ¿qué le ocurre a una especie que normaliza la destrucción del otro para sentirse segura?

Neurocientíficamente cada guerra deja una huella invisible pero profunda, generaciones enteras con cerebros moldeados por el trauma, la hipervigilancia y la desconfianza. El cortisol sostenido, el miedo heredado y la agresividad aprendida destruyen la arquitectura emocional de los pueblos.

Albert Cmus lo dijo con una lucidez triste y casi profética:  “la estupidez —entendida como ausencia de pensamiento profundo— puede durar generaciones cuando se mezcla con miedo, orgullo y propaganda”.

Y sin embargo, el mismo cerebro que puede radicalizarse es capaz de algo extraordinario con el tiempo: volver a la reflexión, a la compasión y a tener conciencia. El córtex prefrontal —ese espacio donde habita la ética, la responsabilidad y la capacidad de ponerse en el lugar del otro— solo necesita tiempo, educación y silencio para activarse. La paz no es un impulso sino una construcción cognitiva y moral.

Tal vez el verdadero desafío de nuestra era no sea tecnológico ni geopolítico sino profundamente humano: enseñar a pensar cuando todo empuja a reaccionar. Educar cerebros capaces de sostener la diferencia sin vivirla como amenaza.

Recuperar una ética que no sea de bandos sino de humanidad compartida. Porque cada vez que justificamos la guerra algo en nosotros se empobrece. Y cada vez que elegimos comprender antes que odiar, el cerebro —y el alma— se expanden un poco más.

Quizás ahí empiece la verdadera revolución, no en ganar al otro, sino en no perder lo que nos hace humanos. Porque la verdadera batalla de nuestro tiempo no es solo territorial es interior, es la batalla entre el impulso que simplifica y la conciencia que complejiza.

Entre la consigna que divide y la ética que abraza. Y quizá la pregunta más humana, tal vez la única que debería guiarnos, sea esta:¿qué necesitamos sanar en nosotros para que el sufrimiento del otro vuelva a importarnos como si fuera nuestro?

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