El cerebro del “Nosotros”
A veces hablamos de impuestos, de economía o de Estado como si estuviéramos describiendo una máquina que está ahí. Como si la sociedad fuera un engranaje y bastara con apretar una tuerca para que todo funcionara. Pero la vida no es así, las sociedades no se sostienen solo con normas, se sostienen con algo mucho más frágil y mucho más poderoso que es la confianza, y la confianza no se firma, se siente.
Por eso, cuando una conversación pública se queda únicamente en porcentajes y en cifras, se pierde lo más humano. Porque el ser humano no se vincula a su país como se vincula a un balance, su vínculo es como a su hogar, con la certeza íntima de que pase lo que pase hay un lugar donde uno cuenta.
El cerebro tiene una forma muy curiosa de integrar lo justo. No lo hace como un contable, lo hace como un ser social que busca señales, señales pequeñas, casi invisibles que le digan si el mundo que habita es habitable. En el fondo, la mente se hace siempre las mismas preguntas simples y definitivas: ¿esto es limpio? ¿esto es proporcional? ¿esto se aplica para todos?
Cuando la respuesta es “sí” el cuerpo se afloja, la mirada se suaviza y la persona baja la guardia. Y cuando la respuesta es “no” ocurre algo más profundo que una queja, se produce una ruptura interior. Porque hay una frase que, cuando se instala en una sociedad se convierte en una grieta: “aquí paga siempre el mismo.” Y no es solo una frase. Es un estado mental colectivo. Es el inicio de una tristeza cívica.
Cuando mucha gente siente que el esfuerzo no se reparte con justicia, el cerebro reacciona como si diera una respuesta ante una relación desigual: primero insiste, luego se frustra, después se distancia y al final se protege.
Aparece entonces una mezcla silenciosa, peligrosa y casi inevitable: indefensión (da igual lo que haga, nada cambiará), cinismo (si los demás no cumplen, ¿por qué iba a cumplir yo?) y desconexión moral (si esto no es justo conmigo, yo tampoco me siento obligado).
En ese punto la ética no desaparece de golpe, se enfría, se vuelve utilitaria, y cuando la ética se vuelve utilitaria, el “nosotros” empieza a deshilacharse. No es que la gente deje de ser buena. Es que el sistema deja de sentirse propio. La pertenencia no es un concepto filosófico. Es una experiencia biológica.
Uno pertenece cuando se sabe reconocido, cuando siente que forma parte, cuando el sistema de algún modo te mira, con un significado cierto y es que tu vida, tu esfuerzo y tu dignidad tienen lugar en el relato común.
Cuando una persona se siente dentro, su cerebro entra en modo de cooperación: planifica, regula impulsos, confía y construye. Cuando se siente fuera su cerebro entra en modo defensa: sospecha, improvisa, se endurece y sobrevive.
La diferencia entre una sociedad cohesionada y una sociedad rota muchas veces no está en los recursos. Está en esa sensación íntima “yo también cuento aquí.” Y si no es así entonces, llegamos a uno de los dolores estructurales llamado informalidad. Que no es solo una cuestión económica, sino una vida sin reconocimiento.
La informalidad masiva se parece a vivir en un lugar donde el sistema no te registra, no te protege, no te acompaña, y no te recompensa. Y el cerebro aprende una regla práctica, casi instintiva: primero sobrevivir y después, si se puede se cumple y esto no es rebeldía, es adaptación. Los seres humanos no vivimos en teorías sino que vivimos en lo que el entorno nos enseña que es seguro.
Cuando cumplir no trae estabilidad, cumplir se vuelve un lujo, y ahí se rompe algo precioso es la narración compartida de la cooperación. Esa idea simple de “si yo aporto, el sistema me devuelve algo en forma de orden y seguridad, oportunidades”.
Sin esa narración, la norma se vuelve un enemigo y la trampa se vuelve un refugio. Porque cuando la justicia se siente, el cerebro coopera, y cuando la justicia se pone en duda el cerebro se protege. Y entre cooperar y protegerse se decide el destino de una sociedad.
Quizá por eso este tema va de algo más profundo: de construir un espacio común donde la gente no viva a la defensiva, donde cumplir no sea una ingenuidad y donde aportar a un bien común no sea un acto solitario. Porque entonces estamos enfermos y una sociedad enferma como diría E. Fromm “produce individuos enfermos que creen estar sanos” y es entonces cuando estamos perdidos.


