Esperando la inspiración
Hay escritores que pasan largas temporadas esperando la llegada de sus musas y miran al cielo buscando una inspiración que se hace de rogar. Personalmente, no creo en los bloqueos.
Cualquiera puede atravesar momentos difíciles, carecer de motivación, enredarse en hábitos de pereza… Pero de eso a decir que no se puede escribir porque la inspiración se ha ido de casa va un abismo. Mucha gente se siente incapaz de seguir adelante con su trabajo, y mucha gente también supera ese sentimiento y ficha cada mañana. Lo mismo, creo yo, debe ocurrir en el oficio de escritor.
No hay inspiración sin transpiración
Tardé dos años en escribir mi primera novela Días de sal; trabajaba en ella todos los días de 7 a 9 de la mañana, de lunes a viernes. Con mi segundo libro, Piel de agua, me demoré cinco años, pero solo podía dedicarle los fines de semana. Dispongo de un tiempo muy limitado para escribir, así que no puedo permitirme un bloqueo. Tengo que aprovecharlo al máximo. Como decía Picasso, «cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando». Edison, el genio que patentó miles de inventos, aseguraba que su asombrosa capacidad era un 1 % de inspiración y el 99 % restante transpiración. Por supuesto que hay gente más brillante que otra, con más imaginación, creatividad, originalidad, genialidad…, pero la inspiración solo puede germinar en un terreno abonado por el esfuerzo, la constancia y la dedicación.
Sentarse a trabajar cada día forma parte del oficio de escritor. Luego cada uno tendrá sus manías, que no son otra cosa que parte de la necesaria rutina de trabajo, del ritual que nos crea un hábito, y que puede ser el lugar donde escribimos o el vaso de agua con el que refrescamos nuestros labios y nuestra mente, o esa ventana en la que perder la mirada entre párrafo y párrafo para vislumbrar que, efectivamente, por allí viene la inspiración…