Lo que decides, sucede

Cada día y a cada momento tomamos decisiones: elegimos nuestro vestuario, lo que vamos a comer, la hora de acostarnos o la mejor respuesta para quien nos pregunta. También tenemos que decidir sobre asuntos que atañen a nuestra relación con los demás, ya sea nuestra pareja, la familia, los compañeros o los amigos, y además hacer elecciones trascendentes en el trabajo y en la empresa. A veces, tras una equivocación puede haber una segunda oportunidad, pero muchas veces no la hay. Por eso hay que saber dar los pasos necesarios para acertar.

El proceso de toma de decisiones en la empresa requiere inteligencia, esfuerzo y una sabia gestión emocional. Elegir es renunciar a todo lo demás.

Plantear la cuestión

Las decisiones corporativas han de ir encaminadas a cumplir el objetivo empresarial, sin embargo, aunque este no varíe, los procesos para alcanzarlo requieren distintas herramientas y actuaciones y, después de cada elección, habrá que tomar nuevas decisiones para afrontar los problemas que acontezcan. El proceso de toma de decisiones debe ser continuo y dinámico, pero no por ello menos reflexivo. Una persona con buen entrenamiento emocional sabe que tomar decisiones forma parte de su vida, y no le asusta; al contrario, lo disfruta.

Recabar información

El mundo lleva muchos siglos dando vueltas, de ahí que ya en la Biblia se dijera aquello de «nihil novum sub sole». Conviene ver qué soluciones se han tomado antes en casos parecidos, qué hace la competencia, qué demanda el mercado… Las personas innovadoras y visionarias miran antes atrás para poder dar pasos hacia delante y arriesgan.

Compartir las opciones

La toma de decisiones involucra o debe involucrar a varias personas en el sentido de escuchar, para tener otras perspectivas. La acción individual tiene sus ventajas, por ejemplo, suele ser más rápida y hay un único responsable; pero a nadie se le ocurriría decidir a solas sin escuchar a los demás cuando algo importante está en juego. Es necesario sopesar otras opiniones y contemplar distintas visiones para evaluar qué es lo más adecuado. Escuchar activamente, conocer diferentes enfoques y hacer preguntas son indicios de una buena educación emocional.

Elegir lo más adecuado y saber el por qué

La capacidad de resolución es una cualidad muy valiosa. Se alimenta del conocimiento. También de la autoconfianza para actuar sin miedo a equivocarse una vez que se ha estudiado el problema y se han valorado diferentes alternativas. Eso no significa que no pueda caber el error, sino que se han recorrido los pasos previos. Existen distintos métodos: árboles de decisiones, pros y contras… Pero sobre todo si sabemos el por qué, sabremos cómo afrontarlo.

Llevar la decisión a la acción

Para ejecutar una decisión es preciso establecer la forma de llevarla a cabo. Parece mentira, pero muchas corporaciones deciden asuntos que luego nadie ejecuta. La estrategia es clave: ¿Qué medidas vamos a tomar? ¿Cómo las llevaremos a cabo? ¿Con quién contamos? ¿Qué medios necesitamos? ¿En qué plazo lo haremos? ¿A quién habrá que reportar y cada cuánto tiempo…? 

Por último, es fundamental documentar lo aprendido e incorporarlo para retroalimentar la siguiente toma de decisiones, porque, como escribió Aldous Huxley:

«La experiencia no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede».

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