ESTRELLA FLORES-CARRETERO
MADRID

Soy psicóloga, profesora, empresaria y escritora, aunque no necesariamente por ese orden. Tengo tres novelas publicadas: «Duele la noche», «Piel de agua» y «Días de sal».

Duele la noche
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El blog de Estrella

Lo que permanece cuando se apagan los focos

Por el 04/08/2025

Hay gestos que brillan más que mil palabras y otros que aunque ruidosos no dejan huella. En el mundo en que vivimos tan dado a los focos, a las fotos o al escaparate es fácil confundir el verdadero compromiso con la necesidad de figurar. Pero hay una diferencia abismal, no siempre visible pero sí profundamente ética, entre hacer algo para ser visto y hacer algo porque realmente lo sientes.

Especialmente cuando hablamos de las obras sociales, de los proyectos que se construyen para aliviar el dolor, acompañar la necesidad o devolver un poco de dignidad a quienes lo han perdido todo, no puede haber lugar para la impostura.

O ayudas desde la verdad o no ayudas. Porque quien lo hace por figurar, por limpiar su imagen, por aplacar culpas o por sumar puntos está usando el dolor ajeno como escaparate. Y eso no es altruismo. Es ego con disfraz de bondad.

Ayudar no es posar con una sonrisa en un acto público, no es ir a África un fin de semana para tomarse una foto con niños descalzos, ni entregar una bolsa de comida en Navidad mientras se graba un vídeo. Ayudar de verdad es comprometerse sin necesidad de aplausos, sin esperar retorno, sino poner el alma donde otros solo pondrían su logo.

Porque cuando uno de verdad siente que hay que estar ahí, cuando entiende que la vida te ha dado tanto que no puedes vivir de espaldas a quienes no tienen nada, entonces el acto de ayudar se vuelve coherencia, volviéndose un hilo invisible entre la gratitud y la responsabilidad.

Y el mundo está herido, las cifras no mienten. Según el último informe de Naciones Unidas, más de 700 millones de personas viven en pobreza extrema. Niños que no comen, mujeres que caminan kilómetros para encontrar agua, ancianos que mueren en silencio sin atención médica y familias enteras atrapadas en conflictos o invisibilidad.

Y mientras tanto, la otra cara del mundo, la del mundo occidental vive cada vez más desconectada. Vivimos rodeados de comodidades, quejas banales, abundancia digital y consumo acelerado mientras allá afuera, en otros rincones que no visitamos ni con el pensamiento, la dignidad humana se pierde entre la necesidad y el olvido.

La brecha entre ricos y pobres no solo no se cierra sino que se ensancha. Lo vemos en las ciudades donde conviven el lujo más obsceno y la miseria más cruda. Lo muestran los datos que confirman que el 1% más rico posee más del 40% de la riqueza mundial, mientras millones no tienen ni acceso a un techo o a una escuela.

Y aún así, seguimos pensando que con una donación puntual, con una campaña publicitaria o con un hashtag ya hemos hecho suficiente. Nos tranquilizamos el alma con gestos simbólicos y evitamos mirar de frente lo que duele. Pero la verdadera transformación no se logra desde la comodidad, sino desde la acción sostenida, desde la mirada incómoda que se atreve a no mirar hacia otro lado.

La ayuda no puede ser esporádica, ni superficial, ni orientada al reconocimiento. Las personas que viven en la pobreza, en la exclusión o en la soledad no necesitan salvadores con megáfono. Necesitan manos sinceras, voces que no se apaguen cuando acaba el evento, corazones que no se congelen ante la injusticia.

Las obras sociales no pueden ser el lugar donde maquillamos nuestra conciencia. Deben ser el territorio donde demostramos que nuestros valores no son de cartón. Que nuestra humanidad no es un discurso, sino una forma de estar en el mundo. Y eso implica hacerlo cuando no hay público. Cuando nadie aplaude. Cuando solo te ven los ojos de quien sufre, y tú decides quedarte.

Por eso, también es fundamental rodearse de personas de verdad. Gente que crea en el proyecto. Gente que no se rinde cuando el entusiasmo baja o los recursos escasean. Pero también hay que saber recibir con gratitud a quienes, aunque solo participen de manera puntual, quieren sumar.

Porque toda ayuda sincera, aunque sea breve, es valiosa. Hay quienes entregan cheques y quienes entregan tiempo. Yo quiero estar cerca de quienes se arremangan en silencio, de quienes caminan los barrios sin avisar, de quienes no necesitan contar lo que hacen porque saben que el bien verdadero no hace ruido. Siempre digo que “haz el bien porque no puedes hacer otra cosa.” Y eso siempre transforma.

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