ESTRELLA FLORES-CARRETERO
MADRID

Soy psicóloga, profesora, empresaria y escritora, aunque no necesariamente por ese orden. Tengo tres novelas publicadas: «Duele la noche», «Piel de agua» y «Días de sal».

Duele la noche
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El blog de Estrella

Sí al elogio, no a la adulación

Por el 17/11/2021

Mi abuela, que influyó mucho en mí y que está detrás de algunos de los personajes más importantes de mis novelas, solía exclamar «¡Dios nos libre del día de las alabanzas!», ese momento postrero en el que quien pasa a mejor vida solo recibe encendidas glorificaciones. De ahí la importancia de reflexionar sobre los elogios, que deben ser los justos, repartidos en el tiempo y tener un efecto positivo en quien los recibe, un propósito. 

La autoestima se construye con un ingrediente fundamental desde que nacemos: el reconocimiento. Los elogios de nuestros padres nos permiten crecer de forma autónoma, esforzarnos por mejorar, sentirnos queridos… Igualmente, el reconocimiento en la empresa es un estímulo para seguir comprometidos con el trabajo, mantener nuestra motivación y el deseo de mejorar. 

Algunos estudios empresariales refieren que entre el 70 y el 75 por ciento de las personas que dejan su trabajo lo hacen porque nadie les agradece nada, porque no se sienten valoradas. Los nuevos líderes saben que deben repartir elogios, pero no siempre conocen cuándo, cómo ni a quién dar reconocimiento. Este es el método para que las felicitaciones tengan un efecto positivo:

Elogiar en privado. A menudo, un encomio delante de todo el mundo provoca el efecto contrario al deseado. Es frecuente que quien no es alabado lo viva como un agravio comparativo, que en el fondo sienta animadversión por el compañero que recibe la loa y también por quien la expresa. «Mi jefe alaba a este y en cambio a mí… Con todo lo que he hecho…». Una cosa es expresar públicamente lo bien que ha trabajado el equipo, y otra decir que uno solo es responsable del logro. 

No comparar. Elegir al mejor empleado, destacar a quien consigue el mayor número de ventas… Es una política equivocada. No se trata de expresar quién es el número uno, porque eso supone desmotivar a los demás, que ven el primer puesto ocupado y que «para qué esforzarme, yo nunca voy a ser tan bueno…». 

Prestar atención a lo que queremos premiar. Es más fácil que alguien repita lo que sabe que gusta a que deje de hacer lo que disgusta. Por tanto, siempre que un trabajador logre algo positivo para la empresa, hay que decírselo, personalmente, con calidez y simpatía. Si no es posible, bastará con una frase escrita en un Post-it, un mensaje directo en Twitter o un audio de Whatsapp… No hay que dejar pasar la oportunidad de expresar que «no podríamos haberlo conseguido sin ti» o que «el cliente me ha dicho lo contento que está con tu trabajo».

Ser equitativo. Todo el mundo merece elogios en algún campo, incluso el becario que aún no tiene ni idea, pero se esfuerza por ser amable… Siempre es posible expresar que «admiro la paciencia que tienes», «me gusta tu precisión para redactar este informe» o «parece que no hay cristales de lo limpios que los has dejado»… Estar atentos a las personas demuestra consideración y cariño.

Respetar a quien no se siente cómodo con los elogios. Hay quien no sabe reaccionar ante un elogio. Puede que por su educación, por diferencias culturales o por falta de autoestima reciban las felicitaciones como si no las merecieran, con vergüenza en vez de con orgullo. Estaría bien que aprendieran a manejar estas situaciones, pero, mientras tanto, los líderes deben saber de qué manera reconocer el trabajo bien hecho: un nuevo puesto, una asignación a un proyecto, una oportunidad de crecimiento, un incentivo económico, un libro dedicado el día de su cumpleaños… Es decir, deferencia e interés por las personas, por hacer que se sientan bien.

Evitar los peros. Una alabanza no debe ir acompañada de un «pero»; los reproches no tienen cabida en el acto del reconocimiento.

Ser sinceros. Los elogios no se regalan, se ganan, deben estar justificados y no tener nada que ver con el favoritismo. Si se elogia sin motivo y siempre a los mismos, se corre el riesgo de que las personas se otorguen privilegios y reduzcan su productividad

En el día a día de la empresa, tengamos en cuenta estos principios, pues, en palabras de Jenofonte, «el más dulce de todos los sonidos es la alabanza».

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